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1 nov 2018

EL MENSAJE DE ADELA

A principios del siglo XX, las mujeres de mi pueblo lavaban la ropa en una acequia cercana al barranco; único lugar donde compartían risas y secretos que los hombres debían ignorar. Entre ellas, las inseparables Petra y Pura. Un día salieron de sus casas y nunca llegaron al lavadero. Sin pista que seguir, se rastreó la zona durante meses y nada…

Años más tarde, empezó a circular la noticia de que habían sido vistas en diferentes lugares. Se cuenta que no envejecen, siempre van juntas y ataviadas según tendencias de temporada. La verdad es que jamás di crédito a la leyenda de las lavanderas hasta que recibí el siguiente mensaje:
Hola, me llamo Adela. Eres el primer número que me sale en la agenda del móvil. Te cuento: hoy conducía por una carretera y, desde la vaguada de un cambio de rasante, divisé a dos mujeres en medio de la vía. Andaban tranquilamente a pesar del reciente chubasco. Les metí varios bocinazos, pero no se apartaron. 
Paré, bajé y les grité sin que se inmutaran. Entonces, sentí en mis carnes el lacerante nombre con el que mis padres tuvieron la ocurrencia de bautizarme, cuyo significado es el de “¡invisible!”.
Me senté en el arcén chorreante y lloré el ninguneo. De reojo las vi detenerse, gesticulando mientras hablaban, quizás discutían. Al rato se abrazaron. Una me indicó que dejara el coche y las acompañara a comprar lotería de Navidad. Y yo, sin razón que lo justificara, acepté la invitación.
Parecen simpáticas, sigo de caminata, aunque no tengo idea dónde estoy… Afortunadamente, conservo el móvil. Te iré contando cómo va la cosa y si encuentro la manera de regresar al coche. De momento no avises a la policía. Ahora que lo pienso, creo que tu número me lo dio el chico del supermercado cuando equivocó las compras, ¿te suena?
La veracidad del último dato me tiene desconcertada… ¡Claro que me suena!, no olvidaré la ansiedad tatuada en la cara del repartidor. 
©Pilar Cárdenes