12 feb. 2017

LOS HOMBRES DE RUPERTA

Lo extraordinario del nacimiento de Ruperta se debió a que fue la única hija de un matrimonio añoso. En el parto el hombre enviudó y la chica, en la adolescencia, sintió una especial tendencia por la lectura de novelas empalagosas con final feliz. Ese pasatiempo, transformado en adicción, la llevaba a vivir romances con tal intensidad que creía ser la protagonista de todas y cada una de las historias.
Durante años despreció a los hombres. Sin embargo, cuando su padre murió, quedó inmersa en un profundo desamparo. Se había esfumado el rancio beso de buenas noches que remataba cada jornada,  y empezó a echar de menos a un príncipe azul de carne y hueso. Pero la ignorancia de dónde encontrar un hombre tranquilo, fuera de las esquelas del periódico, la condujo a pasar noches de radio bajo la almohada para escuchar el programa “love in the air”. No obtuvo solución alguna.
Leyó libros de magia blanca, negra, aprendió conjuros, estudió horóscopos, hasta que por fin le cuajaron los libros de autoayuda. El problema de estos manuales era que se centraban en el “YO”, y eso no era lo que ella buscaba, ella demandaba un “NOS”. Por último, acudió a la consulta de un psicólogo con quien se peleó porque le rebatía sus argumentos.
 La solución la encontró un domingo por la mañana en el rastro cuando fue a comprar el tinte para las canas. En aquel puesto vendían pantalones de  chicos; en el de enfrente: plantas, flores y tierra para llevar a cabo la idea de rellenar los vaqueros como si fueran macetas.
Actualmente, Ruperta vive feliz en su espléndido aislamiento. Le da exactamente igual las quejas de los vecinos por tener colgados pantalones en el balcón; tampoco le importan las amenazas de los transeúntes cuando riega sus queridas plantas, esas que algún día serán hombres completos.
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3 feb. 2017

CUANDO LLEGUE EL DESARRAIGO


Me miraré las manos cubiertas de sangre. Sentado en el asfalto sentiré el acoso de miradas inquisidoras, las mismas que me juzgaban dentro del bar cuando fui a pagar y el camarero, con sonrisa indulgente, me dijo: “Hoy está invitado, Sr. Villamayor”. Me preguntaré por qué, un día más, estoy siendo sometido a tal  humillación. Hasta hace poco tiempo era yo quien convidaba. Meteré la mano en el  bolsillo trasero del pantalón, sacaré los únicos diez euros de que dispondré para comprar un bonobus y los tiraré sobre la barra. Caminaré hacia la salida y dos mesas tropezarán conmigo.
“Me hace bien la brisa invernal en la cara”, pensaré, mientras la puerta de cristal se cierra lentamente a mi espalda. No querré regresar a casa. Es verdad que Alicia me ha dado tres hijos; además, mi brillante carrera profesional les ha permitido disfrutar de un elevado nivel socioeconómico. Sin embargo, cuando comience el declive de la empresa, comprenderé por qué a mi madre siempre le pareció una mujer pretenciosa. Primero, los desencuentros, después usará la indiferencia y el mutismo, como arma arrojadiza. Sin darme cuenta, unas lagrimas correrán por mis mejillas. Necesitaré sonarme y…
−¡Joder, el pañuelo!, dejé el abrigo en el bar –susurraré.
Al girarme para regresar, un hombre caminará directamente hacia mí. Claramente, no tendrá intención de apartarse. Mostrará un impertinente descaro en la forma de mirar. Llevará un traje de buena calidad, aunque mugriento y arrugado, como abanderando un signo de distinción perdido. “Seguramente lo ha conseguido en Cáritas”, pensaré frunciendo el entrecejo.
−¡Apártate! –gritaré mientras levanto el brazo derecho, movimiento que él imitará de igual modo. Nos observaremos tan fijamente que tendré la sensación de respirar aire sin oxígeno. Me alejaré unos pasos hacia atrás y el hombre también lo hará. Entonces, creeré estar inmerso en una pesadilla y querré salir de ella. Le daré la espalda. Pasados unos segundos, me giraré lentamente. De reojo veré cómo se mueve de igual manera. Intuiré que cualquiera de mis gestos será remedado. Enrojeceré de ira, tensaré cada uno de los músculos de mi cuerpo, apretaré las mandíbulas y le estamparé un puñetazo en el pómulo derecho. El estruendo de la cristalera alertará a los clientes del local. 
Sentado en el asfalto, me miraré las manos cubiertas de sangre, pero, entre las miradas inquisidoras que me rodearán, no encontraré la cara del pordiosero.
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